No me considero un tipo pusilánime, pero eso no significa que carezca de debilidades. Entre aquellas confesables hay una que me tiene especialmente preocupado: el chocolate. Blanco o negro, en onza o a la taza, con leche o acompañado de frutos secos, esta perdición derivada del cacao representa para mí una tentación irresistible a la que sólo soy capaz de derrotar cayendo en ella. El inconveniente de mi glotonería no radica en el hecho de ganar unos kilos de más, ya que a estas alturas uno carece ya de vanidades físicas, sino en las terribles pesadillas que salen a mi encuentro tras una cena edulcorada. Basta un inofensivo bombón después de la medianoche para que el descanso reparador se vea enturbiado por un itinerario completo a través de mis demonios más profundos.

Categorías:
Etiquetas:




