La enseñanza del Space Invaders

Memorias de un jugador

Yo respondía “amén” cuando él me ofrecía el cuerpo de Cristo. Un niño no puede ingerir alcohol, por lo que uno comulgaba a palo seco y no sin cierto sentimiento de envidia hacia los adultos. Tras cumplir con el sacramento, regresaba a la bancada en la que aguardaba mi padre. Lo hacía con la mirada clavada en el suelo, procurando imitar la actitud afectada y grave que observaba entre el resto de parroquianos.

En mi boca se deshacía lentamente el trozo de pan sin levadura y sin sal. Jamás habría cometido la osadía de masticarlo, ya que semejante acto constituía, al parecer, una afrenta gravísima y de consecuencias incalculables. Nunca pude dejar de notar, no obstante, que el sacerdote que oficiaba la misa, con objeto, seguramente, de agilizar la liturgia, jamás mostraba un cuidado parecido y masticaba con avidez el sagrado alimento sin que el más mínimo atisbo de temor o arrepentimiento asomara a su rostro. Por el contrario, éste solía reflejar cierta indiferencia, merecedora, sin duda, de toda la ira de la que era capaz el altísimo. Ante semejante alarde de impunidad uno no podía dejar de pensar que, debido a su condición de párroco, habría de ostentar algún oscuro privilegio que escapaba a la comprensión de todos los que allí nos encontrábamos. Un misterioso trato de favor vedado para el común de los presentes, los cuales nos veíamos en la tesitura de ingerir con mimo la hostia consagrada, degustándola pacientemente como si de un dulce de caramelo se tratase.

Al alcanzar mi asiento, me arrodillaba ante la cruz y juntaba las manos en actitud de rezo. Mi rostro ofrecía la expresión devota y seria que requería semejante situación, pero el pensamiento prefería abandonar las elevadas oraciones para ir a aterrizar al bar de la esquina. Allí los domingos, a la salida de misa de doce, me aguardaba el Space Invaders. El cuerpo del salvador aún se deshacía en mi boca, aunque yo ya hacía tiempo que rezaba sin rezar y soñaba con usurpar su papel para salvar al ser humano, no de sus pecados, pero sí de la temible amenaza extraterrestre que me procuraba la paga semanal.

El que aguanta, gana. Un interminable camino de rectitud y oración desembocaba cada domingo en la felicidad de una moneda viajando a la velocidad de la luz al interior de aquella mugrienta recreativa. La victoria puede consistir simplemente en aniquilar marcianos tras una ceremonia religiosa, pero está reservada a los que son capaces de resistir. Una filosofía que impartían aquellas mañanas impregnadas de agua de colonia e incienso, y que aún hoy, cuando las convicciones de la infancia hace ya tiempo que se fueron por el desagüe, procuro tener muy presente.

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3 comentarios para “La enseñanza del Space Invaders”

  1. avatar cirene dice:

    Que no comentéis mis artículos vale, pero que este texto de J no tenga comentarios merece la muerte.

  2. avatar Víctor Ojuel dice:

    De repente he visto los puntitos como ostias, y los cocos como monedas para la recreativa…

  3. avatar León dice:

    Todos hemos tenido que pasar por una situación parecida para poder darle después al juego que tanto nos apasionaba. En mi caso era una de esas maquinitas de Tetris “del palo” que me tenía viciadísimo.

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