Yo respondía “amén” cuando él me ofrecía el cuerpo de Cristo. Un niño no puede ingerir alcohol, por lo que uno comulgaba a palo seco y no sin cierto sentimiento de envidia hacia los adultos. Tras cumplir con el sacramento, regresaba a la bancada en la que aguardaba mi padre. Lo hacía con la mirada clavada en el suelo, procurando imitar la actitud afectada y grave que observaba entre el resto de parroquianos. En mi boca se deshacía lentamente el trozo de pan sin levadura y sin sal. Jamás habría cometido la osadía de masticarlo, ya que semejante acto constituía, al parecer, una afrenta gravísima y de consecuencias incalculables. Nunca pude dejar de notar, no obstante, que el sacerdote que oficiaba la misa, con objeto, seguramente, de agilizar la liturgia, jamás mostraba un cuidado parecido y masticaba con avidez el sagrado alimento sin que el más mínimo atisbo de temor o arrepentimiento asomara a su rostro… | 1 Comentario















